A través de mapas, dibujos y palabras, niñas, niños y adolescentes migrantes plasmaron las huellas de sus trayectos y su paso por México, en las que revelan sus miedos, la nostalgia y la resiliencia con la que reconstruyen su vida.
En los relatos recopilados durante talleres, una niña venezolana de seis años recuerda que en la selva del Darién, entre Panamá y Colombia, "un gatito grande" le atacó la pierna y estuvo a punto de ahogarse en un río antes de ser rescatada por un desconocido.
Otro niño relata haber llegado "casi desmayado" por deshidratación, tras días sin atención, mientras que adolescentes comparten su impacto al presenciar personas fallecidas en la ruta o enfrentar amenazas de grupos armados que exigían dinero a sus familias. Usan frases como "me puse valiente" o el deseo de que "no hubiera venido mi familia".
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Los relatos permiten también documentar que en el campamento Vallejo, al norte de Ciudad de México, niños y adolescentes migrantes crearon el equipo "Galácticos FC", lo que les significó un espacio de resiliencia. Al preguntarles por qué su mascota es un ajolote, un chico venezolano sintetizó su capacidad de reiniciar su vida en un país distinto al que nacieron: "Porque se regenera. Así como nosotros".
Esa realidad fue documentada en la investigación Vivencias y percepciones desde la voz de niñas, niños y adolescentes en situación de movilidad en México, desarrollada por Plan International, como parte del proyecto Guardians of Children.
Con testimonios recabados a más de 130 niñas, niños y adolescentes migrantes en su paso por territorio mexicano, la organización reveló los riesgos a los que se enfrentan y la necesidad de políticas públicas en México que se adapten a su nueva realidad de país de destino migratorio y no solo de tránsito.
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La investigación mostró que infancias y adolescencias en movilidad enfrentan riesgos que se intensifican a lo largo de su paso y estancia en territorio mexicano. Enfrentan deshidratación, enfermedades, robos, extorsiones, secuestros por supuestos policías y amenazas directas por parte de grupos delictivos.
A estos peligros se suma el endurecimiento de las políticas migratorias, que genera esperas prolongadas, interrupción escolar y la obligación de vivir en asentamientos informales precarios.
Esa situación empuja a una inserción laboral prematura. En las ciudades del sur y del centro de México se registran jornadas largas e informales, y en la frontera norte, niños jornaleros realizan tareas agrícolas de alto riesgo.
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Los riesgos también se diferencian según el género y el origen étnico. La investigación señala que las adolescentes sufren acoso sexual, embarazos tempranos, sobrecarga de cuidados domésticos y cohabitación forzada con adultos mayores. Los varones enfrentan explotación laboral y riesgo de reclutamiento criminal. En tanto, niñas y niños afrodescendientes, principalmente de Haití, enfrentan un racismo estructural que dificulta su integración.
A nivel administrativo, la falta de documentos de identidad como la CURP limita el acceso a la salud y a la educación pública. Existe además un vacío en la atención de salud mental especializada para procesar el trauma migratorio.
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En entrevista, Laura Mora Montañés, consultora del Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana, que colaboró en la investigación en Ciudad de México, destaca que México es ya visto por las infancias y adolescencias como país de destino, no solo de tránsito, en gran medida por los controles y dificultades que enfrentan desde la frontera sur en Chiapas.
La especialista destaca la importancia de políticas de integración por parte del gobierno mexicano.
"El proceso de integración social con los niños, niñas y adolescentes es una tarea muy importante y es una deuda que se tiene".
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Esa integración, destaca, debe empezar en los barrios y entornos vecinales, ya que si en esos sitios hay prejuicios o discriminación contra las personas migrantes, las familias transmiten esas ideas y la niñez las repite en las escuelas contra sus compañeros.
"Son los entornos vecinales los que construyen o deconstruyen estereotipos. Ahí donde tiene que estar la política pública. Eso termina por impactar tanto las conversaciones que tienen las personas en sus familias dentro de una comida y luego termina de impactar tanto en las escuelas como en los entornos laborales…".
La especialista advierte que a diferencia de los adultos, las niñas, niños y adolescentes están construyendo su identidad y la forma en que se ven a sí mismos dentro de la sociedad, por lo que sufrir rechazo o discriminación se vuelve una carga muy pesada, que se suma a los traumas que ya traen del camino.
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Otro punto que destaca la especialista es que las redes comunitarias de cuidado son fundamentales para la supervivencia cotidiana de las familias migrantes. Ejemplifica con el caso de cinco familias.
"Hay cinco mujeres cabeza de familia… y cuatro tienen que ir a trabajar para traer dinero para el sustento, para la comida, para pagar la renta, etcétera, era una de ellas la que cuidaba a todos los niños de esas mujeres y las demás mamás le pagaban la labor de cuidado a esa mamá. La labor de cuidados en la comunidad migrante tiene un papel fundamental, fundamental".
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Laura destaca que los espacios recreativos como las canchas de fútbol permiten que las niñeces migrantes y mexicanas convivan en igualdad.
Las especialistas recomiendan seis acciones prioritarias entre las que están garantizar servicios médicos integrales y gratuitos sin condicionarlos a la entrega de la CURP o al estatus migratorio, e incorporar atención psicosocial especializada para el trauma. Además, flexibilizar los criterios de inscripción escolar sin antecedentes académicos inaccesibles y mejor con evaluaciones diagnósticas.
Contra la violencia de género, recomiendan establecer mecanismos de denuncia desvinculados de los controles migratorios y disponibles en varios idiomas.
Un punto importante contra el trabajo infantil es el reforzamiento de inspecciones laborales en los campos agrícolas y en el sector informal, además de habilitar centros de cuidado para las familias jornaleras.
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También sugieren incrementar la presencia de las Procuradurías de Protección a la Niñez y desarrollar programas de alfabetización digital para prevenir riesgos de trata, así como elaborar legislación y protocolos específicos destinados a proteger a las infancias y adolescencias desplazadas de manera forzada dentro del territorio nacional.
El estudio se realizó en Tapachula, Chiapas; Ciudad de México, y Ciudad Juárez y zonas agrícolas de Chihuahua.
Las especialistas identificaron distintas barreras en esas regiones. En Tapachula, la contención migratoria, reflejada en la lentitud de los procesos ante la Comar y en la presencia de operativos de vigilancia que frenan el libre tránsito. En la Ciudad de México, se enfrentaron a un modelo pensado sólo para la emergencia o el retorno y no para la integración, lo que obliga a las familias a asentarse de forma prolongada en campamentos informales precarios con riesgo de desalojos abruptos.
Y en Ciudad Juárez y la frontera norte, la barrera es la inmovilidad forzada provocada por el cierre de las vías de asilo hacia Estados Unidos, lo que prolonga las estancias por más de un año en albergues o en "cuarterías" de zonas agrícolas.
A partir de inicios de 2025, la política migratoria en la región fue endurecida. Estados Unidos empujó estrategias de control y contención en las fronteras. El cambio más determinante fue la cancelación de vías regulares para solicitar asilo, principalmente la eliminación de la aplicación digital CBP One con que se agendaban citas, junto con la implementación de medidas restrictivas que cerraron el acceso a la protección internacional en la frontera norte.
La investigación destaca que ese bloqueo obligó a miles de personas a retroceder por las rutas o reconfigurar sus proyectos de vida para establecerse de manera imprevista en países intermedios.
México, a su vez, incrementó el despliegue de control territorial y vigilancia en las rutas migratorias mediante el uso de la Guardia Nacional, militares y policías estatales, por lo que se convirtió de facto en un país de destino o de estancia prolongada.
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Para las niñas, niños y adolescentes eso significó quedar inmovilizados hasta por más de un año, sin actividades escolares y en asentamientos informales o albergues en condiciones de precariedad.
La investigación destaca que con ello se incrementó su exposición a riesgos graves de protección, como la inserción temprana en el trabajo infantil, la extorsión, el acoso de género y la amenaza de reclutamiento por parte de grupos criminales.
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Asimismo, se deterioró la salud mental de infancias y adolescencias, con casos comunes de ansiedad, estrés y frustración, y se volvió común ocultarse por miedo a ser detenidos, deportados o separados de sus familias.
Los especialistas diseñaron herramientas dinámicas como talleres. Uno de ellos fue la Flor de Loto, para niñas y niños de 7 a 11 años, que es el dibujo libre de una flor dentro de un paisaje donde cada elemento representa un aspecto de su historia: el centro de la flor es su nombre o apodo; los pétalos, las personas o espacios que les dieron protección o alegría; las nubes, experiencias desagradables o miedos; las montañas, los motivos por los que salieron de sus países; un río, sus deseos de buen trato y empatía para otros niños que también viajan; el sol, su mayor sueño.
También hicieron una cartografía social, para niños y adolescentes de 7 a 17 años. Se trata de mapas de sus recorridos y de los lugares donde viven actualmente. Ubicaron zonas peligrosas, puntos de apoyo, lugares de juego y las emociones que experimentaron en cada etapa.
Asimismo, realizaron diálogos individuales y guiados basados en el método biográfico, además de charlas colectivas acompañadas de dinámicas de integración y juego.